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Un ejemplo para el mundo

Acabo de leer en El país, la entrevista al acalde de Toronto, ciudad de 2,6 millones de habitantes con la mayor diversidad étnica del mundo y más de un centenar de lenguas.

La corto y pego porque simplemente recoge mi forma de pensar y ver el mundo (a excepción del comentario de Gallardón y de ser de centro izquierda). Creo que es un ejemplo de cómo ha de ser el mundo, de cómo las diferencias nos hacen mejores, más fuertes, más capaces. Los purismos debilitan, las razas, las lenguas, las especies…

Ojala un día el mundo sea de todos, que no hagamos diferencias entre seres humanos, simplemente que aceptemos nuestras diferencias dentro de nuestra mayor semejanza, ser viajeros por casualidad del planeta Tierra. De verdad, espero que cumpla el ejemplo de Toronto y deje de existir la palabra inmigrante, si el mundo es nuestro hogar, da igual donde vivamos, siempre estamos en casa.

Aquí os la dejo, para que reflexionéis el fin de semana:

La mitad de los habitantes de Toronto no ha nacido allí. ¿Cómo se puede gobernar una ciudad así? David Miller lo hace encantado: «La diversidad es uno de nuestros mayores activos. Somos inmigrantes o descendientes de inmigrantes: casi todos somos de fuera, así que nadie es de fuera. Comprendemos las diferencias, estamos mejor preparados para aceptarlas».

Miller tenía nueve años cuando llegó a Canadá. Se hizo abogado y se especializó precisamente en inmigración. «Es algo que nos ha hecho más fuertes. Y es bueno aprender unos de otros. Es como un edredón: distintos y juntos, somos mejores y más interesantes». ¿Más tolerantes también? «Sí, no es casualidad que fuera el primer lugar de Canadá que legalizó los matrimonios gays» (julio de 2003), dice el alcalde, y asiente categóricamente su fornido concejal Kyle Rae, de ascendencia -y pinta- escocesa y pionero en la lucha por los derechos de los homosexuales. «Pero no es tolerancia; eso lo dejamos atrás. Se trata de aceptación y respeto».

«El mundo será como Toronto«, asegura Miller; «avanzará hacia la diversidad». Ojo, añade: «Creemos en que cada uno tenga su religión, su lengua, pero todos somos canadienses, y eso significa que hay una sola ley, un derecho común».

En la forja del edredón canadiense, las bibliotecas, los centros comunitarios y la enseñanza pública juegan un papel vital: «Simon y Julia, nuestros hijos, de 11 y 12 años, se extrañarían si les preguntáramos por diferencias con sus amigos chinos o coreanos…».

No todo el monte es orégano, acepta: hay que avanzar en integración económica -«es más fácil si todo el mundo tiene trabajo, claro»-, en política de empleo -«a veces, desperdiciamos talento»- y en superar el índice de aislamiento [más de un 30% de un barrio perteneciente a un grupo étnico: los guetos del multiculturalismo]. Pero insiste: «Nuestra gran diferencia con Europa es que nadie piensa en términos de ellos y nosotros: no somos canadienses e inmigrantes, somos nosotros«.

Una pareja mixta -blanco y asiática- saluda a Miller. Son de Toronto. El día anterior coincidieron en el avión, en el primer vuelo directo de Air Canada. Madrid y Toronto, que comparten el mismo especialista en desarrollo urbano, el londinense Greg Clark, van a desarrollar proyectos de cooperación, a «abrir el diálogo entre dos ciudades globales». Miller se deshace en elogios para Alberto Ruiz-Gallardón: «Muy encantador, muy acogedor. Políticamente empezamos en sitios distintos, pero parece que hemos llegado al mismo lugar: él está en el centro de la derecha y yo en el centro de la izquierda». ¿Cambiaría la alcaldía con él? «Bueno, eso haría feliz a mi mujer». Jill Arthur, de origen venezolano, no tiene la menor duda.

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